La exposición

Lucas se refugió contra la mesa de mantel blanco situada en el rincón dispuesto a servirse el enésimo cóctel de la noche, mientras los asistentes deambulaban por el local, unos profiriendo poco menos que exclamaciones de admiración ante las supuestas obras de arte que allí se exhibían, otros fingiendo que escuchaban las sesudas explicaciones de los pelmazos de turno y todos —a excepción de estos últimos, que bastante tenían con deleitarse en el sonido de su propia voz— mirando de reojo cuándo salía la próxima bandeja de canapés. Era la sexta vez que exponía en los últimos meses en una galería de la capital, y además en esta ocasión lo hacía en una de las más afamadas, tras años de ferviente actividad creadora en los que sin embargo no había pasado de pequeñas salas y alguna breve reseña en periódicos de provincias.

Summer Camp / Summer Lab Gijón 8/2008, por Flavio Escribano, en Flickr

Pero eso fue hasta que, hastiado de contemplar cómo auténticos peleles triunfaban en los mentideros con bodrios indignos, decidió permitirse una última venganza antes de arrojar la toalla definitivamente: le habían encargado media docena de trabajos para una exposición colectiva de «jóvenes creadores» —¡cómo odiaba esa expresión!— y, cansado de tanta mediocridad reinante, lejos de seleccionar sus mejores obras se lanzó a pergeñar una serie de engendros que estuvieran lo más alejados posible no sólo de lo que él entendía como arte, sino incluso del más elemental sentido de la estética y el buen gusto. «¿No queríais taza? Pues tomad taza y media», se decía, satisfecho con su idea de mandarlo todo y a todos a la mierda. En apenas dos semanas tenía lista lo que él llamaba su particular colección de los horrores.

Para su sorpresa, aquello no sólo no supuso el fin de su carrera apenas empezada, sino que cosechó grandes elogios («artista de vanguardia», «su arte transgrede y golpea al espectador con solvencia» y otras sandeces por el estilo) por parte de uno de los críticos más pedantes y reputados del momento. A aquella crítica le siguieron otras muchas, y sus obras comenzaron a cotizarse en el mercado a unos precios que no habría soñado meses atrás. No le resultó difícil seguir el juego y continuar con la farsa, elaborando obras como churros, cada vez peores, dando una vuelta de tuerca más con cada nueva exposición que le solicitaban («alguien deberá darse cuenta de la burla en algún momento», pensaba, «la cosa no puede estar tan mal»). Pero nadie parecía capaz de percatarse de la desnudez del nuevo emperador, por más que él se empeñara en proclamarlo a gritos. Su fama, y con ello, por primera vez en su vida, su cuenta bancaria, crecían al mismo ritmo que el mal gusto que impregnaba su obra (ya se había hecho un experto en ello), y era uno de los nombres que más sonaban en el mundillo. Incluso acababa de recibir dos días antes una llamada de los responsables de ARCO para contar con él en la edición del próximo año como artista invitado, ocupando un stand de preferencia.

César Acebal

Fotografía Summer Camp / Summer Lab Gijón 8/2008, de Flavio Escribano. Reproducida con permiso.

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