Sentado en el segundo banco contemplaba el ataúd por última vez.
A excepción de dos ancianas que agotaban sus días prendiendo velas estábamos solos.
Recuerdo cuando llegue a la estación de Cangas y él me esperaba con su todo terreno rojo.
Había hablado con el taxista la noche anterior y quedo en recogerme a las tres, allí no había ningún taxi.
Se me presentó
—Soy Fermín el taxista de Villalar le estaba esperando.
Me cogió la maleta y una vez sentados le observe.
Era un hombre de unos sesenta años, pelo cano y tez muy curtida.
—Que bien que ya volvemos a tener médico en el pueblo, hay tres futuras parturientas que agradecerán que usted se encuentre entre nosotros.
—¿Tendrá que hacerse con un todo terreno, el invierno está próximo y pronto empezará a nevar.
—Pero…, titubeo, yo no soy buen conductor y menos de alta montaña, si consiguiera que alguien se prestara a trasladarme cuando tenga una urgencia en los pueblos de arriba, le pagaría bien.
—Si le parece yo puedo, en invierno tengo poco trabajo, apenas hay turistas y mi taxi tiene radio pues cuando arrecia el viento los teléfonos aquí no funcionan.
Llevaba dos semanas en el pueblo, la soledad de la pequeña casa donde vivía se me hacia poco llevadera por lo que había decido salir a dar un paseo aunque el sol estaba empezando a suicidarse.
El olfato fue mi guía, al fondo una pequeña choza a la que Fermín llamaba hogar de la que salía un aroma a sopas de ajo que invitaba a acercarme.
Allí lo encontré sentado en un banco junto a la puerta liando un cigarrillo.
—Tome asiento Sr. Doctor.
Las sopas de ajo están a punto, si gusta le invito a cenar.
Tome por costumbre al atardecer acercarme a casa de Fermín, una tarde al calor de la lumbre la radio del taxi nos dio la voz de alarma.
La hija de la Señora Berta se había puesto de parto, lo esperábamos hace días y el momento había llegado.
Nos subimos en el todo terreno y enfilamos montaña arriba, la niebla se adelgazaba y adivine por los faros del coche que nos encontrábamos en lo alto de una sierra, al final de la carretera se dejaba ver la presencia humana por una pequeña luz que salía de una cabaña.
La joven parturienta tenía los ojos negros y la piel muy clara, los dolores del parto le hacían llorar como una niña.
Bajo el camisón blanco fluía un hilo de sangre.
Le hice el primer reconocimiento y me di cuenta que era un parto complicado.
—Fermín hay que trasladarla a Cangas.
Ya en la carretera, los dolores se acentuaron, el parto era inminente.
—Para a un lado del camino y ven, me has de ayudar.
Tembloroso pero con mano firme cogío al niño que salía de la madre.
Dos lagrimas recorrían sus mejillas.
Orgulloso contaba su hazaña en el pueblo y todas las noches ante las sopas de ajo recordaba el momento.
Habían pasado dos años desde mi llegada al pueblo.
La noche pasada como tantas otras me acerque a su hogar.
La lumbre encendida, la sopa en el fuego, en su mano un cigarrillo recién liado.
Sentado en su butaca la muerte le había visitado sin avisar.
Una sonrisa en sus labios como despedida.
Hasta siempre Fermín.
Ultreya
