Viajar a los confines de la Tierra ofrece múltiples recompensas. Alcanzar los brazos de la Naturaleza en forma de glaciares, como Perito Moreno, admirar la inmaculada blancura del lago Onelli, o ver un amanecer en el pueblo de Calafate, son algunos de los placeres a sentir si dirigimos nuestros pasos al sur; tierras y mares congelados que anclaron su presencia decorando el paisaje con azulados témpanos.
Pero si este viaje se realiza nadando y por amor con la finalidad de alcanzar tierra y pasar con tus seres queridos el resto de tu vida, la aventura cobra categoría de hazaña; epopeya que efectúan cada año los pingüinos de Patagonia, entrega heroica desempeñada por miles de seres fieles y monógamos sin sucumbir ante las más duras adversidades si lo que está en juego es el sustento de sus crías.
Las parejas cuidan de sus futuros hijos repartiendo responsabilidades: la hembra emprende un viaje suicida buscando alimento para que su pareja y los huevos tengan posibilidad de sobrevivir; el macho aguarda paciente su regreso dando cobijo al fruto de un compromiso adquirido de por vida. Cuando la hembra tras recorrer miles de kilómetros regresa a la colonia, busca sin descanso entre seres debilitados y entumecidos por el frío hasta encontrar a su pareja que, dando muestras de un eterno agradecimiento, le cede el privilegio de dar calor a las futuras crías, a punto ya de morir antes de nacer.
La calidez vuelve al hogar tras el alumbramiento; la madre desembucha el pescado que guardó y reparte alimento y calor proporcionalmente. Para entonces, la comunidad emerge a una vida llena de armonía y luz donde disfrutar en familia de la estación que despierta, esperando que los helados desiertos antárticos les empujen de nuevo a vivir una muy posible última aventura.
Pilar Arroyo


