La libertad

Amanecía. Ismael González Gómez pulsó uno de los interruptores de la portezuela para bajar la ventanilla, y un olor a rocío mezclado con el de la tierra húmeda inundó sus pulmones. El hombre lo aspiró con voluptuosidad. Por primera vez en mucho tiempo se sentía vivo.

Ismael se había casado con su chica de siempre. Durante el noviazgo fueron una pareja envidiada pero una vez casados, Laura se mostró como una persona venenosa y de trato difícil, hasta tal punto que la convivencia resultaba imposible.

atardecer

La puntilla llegó en la última cena de la empresa; su mujer, que había bebido más de la cuenta, le abofeteó delante de todos. Esa misma noche, después de meterla en la cama, se mudó a un hotel donde en unos minutos, tomó la decisión de lanzarse a la carretera con dirección al norte.

-Mañana lleno el depósito,- se dijo mientras se acostaba,- y donde el coche se detenga, ahí me quedo.

De eso parecía ya una eternidad.

Poco a poco, el paisaje llano, iba dando paso a otro de valles suaves, sinuosos. Ismael aminoró la velocidad para apreciarlo “la de cosas bonitas que me privó de ver esa víbora., pensó. Nunca fue capaz de ver más allá de la meseta. Pero a partir de ahora será distinto”.

Al llegar a la altura de un cruce, un letrero le indicó que quedaba poca distancia para alcanzar la costa. Sin pensarlo enfiló el vehículo en esa dirección y con una curiosidad que le sorprendió de manera grata, expresó en voz alta lo que pensaba:

-¿Por qué no? Cambiar es bueno

cerbero

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