¡Presento mi dimisión como persona educada! Siempre me he tenido por buena gente, he puesto en práctica esos modales que aprendí de mis padres. Pero lo de hoy…
A las nueve de la mañana, como cada día, he cogido el autobús que me lleva a mi trabajo. En la parada de Independencia ha subido una señora de unos ochenta años, me he levantado y le he ofrecido mi asiento, a lo que ella me ha respondido:
—¿Pero que se cree Ud. que soy una invalida? ¡Pues mire no, todavía puedo vivir sola! ¡Lo que me faltaba, que piense Ud. lo mismo que mis hijos! ¡No voy a ir de casa en casa! ¡Tengo mi casa!
Colorada como un tomate he vuelto a mi sitio.
Al llegar a la oficina, me he encontrado con un compañero, al que no veía hace mucho.
—¿Qué tal te va? A lo que me ha respondido: —¡A ti que carajo te importa, si no es de tu incumbencia! Tendrá un mal día, he pensado y me he ido a mi mesa.
Suena el teléfono contesto:
—Buenos días ¿en que puedo ayudarle? Una voz al otro lado del teléfono:
—Buenos días serán para Ud. y sino me hubieran arreglado mal la caldera no tendría que ayudarme.
Y colgó.
Por la tarde, fui a la tienda del Sr. Andrés, al salir vi a Dolores, soltera, noventa años y mas de diez millones de euros en el banco, cargada con toda la compra.
—Dolores, yo puedo acercarle la compra hasta su casa.
—¡Tú lo que quieres es quedarte con mis bolsas, mala pécora! Me decía lanzándome un tomate maduro.
Me volví hacia el Sr. Andrés:
—“DIMITO” ¡no puedo más! El Sr. Andrés me miro a lo ojos y me dijo :
—Imposible ¡eso solo lo hacen los políticos!
Laurentis
