¿Te acuerdas? ¡Hemos recorrido tantos caminos de ensueño!. diseñando con manos de niño, expertas en el arte de la fantasmagoría, ciudades irreales habitadas por seres y animales fabulosos; moldeando a nuestro gusto vidas pasadas… ¡tantos, tantos sueños! Sonrío al recordarlo.
¡Cuánto me gustaba sentarme a tu lado en el sofá! Con un libro de arte entre tus manos, escogías un cuadro y me explicabas las maravillas de su forma, color y perspectiva. “¿no es maravilloso?”, decías.
La historia antigua te fascinaba, “las piedras hablan”, decías, mientras recreabas los acontecimientos ocurridos en el Castro de Coaña, dándoles vida de nuevo, dibujando planos, objetos o animales… “volver a crear, para no olvidar”
Contigo, cualquier momento u ocasión se volvía mágico. Como ocurría por la noche, cuando el cansancio nos vencía y decidíamos dar un paseo a caballo por las nubes, haciendo carreras que siempre ganabas (eso creías) porque tu sonrisa era el premio que más deseaba.
Eras tu quién más hablaba. Yo sólo lo hacía cuando me pedías que te contara un cuento “de miedo”. Me viene a la mente el recuerdo de tus ojos, con los oídos expectantes ante los acontecimientos que iban a suceder sin saber cómo sucederían y deseando que todo transcurriese así, como querías; pendiente de cada una de mis palabras. Recuerdo cómo sujetabas las sábanas con las dos manos tapando tu boca y como al final siempre me regalabas una sonrisa.
Así nació un día Capitón, un “hombre máquina”, habitante de una galaxia distinta que tenía la voz grave y metálica y caminaba con lentitud y rigidez; con sus brazos algo separados del cuerpo. La cabeza era muy grande llena de pelo de un extraño color zanahoria y en su cara redonda, unos ojos inmensos que parecían ventanas por donde asomaba su tercer ojo, para ver hacia dentro, no para mirar. También su nariz y su boca seguían las reglas del círculo. Esto lo sabemos porque, un día, lo viste en una tienda que había debajo de casa y supiste que ¡por fin! había decidido bajar a la tierra para que le conociéramos. Ahora, ahí está en la habitación, impasible a los ojos de los demás porque, para nosotros, sonríe y habla contándonos historias hermosísimas que, a veces, nos dan alegría y otras, miedo… “vuelve y que se vaya Capitón”, decías suplicando cuando sentías miedo. Era entonces cuando comprendías que el mundo mágico y el real, están separados por una raya casi invisible que no se puede cruzar.
Entre sueños hemos escrito, día a día, nuestra historia; únicamente tuya y mía; y continuaremos haciéndolo porque no dejaremos de soñar caminos para recorrer, recorrerlos para vivir y vivir para seguir queriéndonos.
Así ocurre cuando la magia existe. Porque existe, pero mejor no se lo decimos a nadie.
Sacro

