El chef

Cuando Marcelino escuchó su nombre no se le aceleró el corazón ni aumentó su transpiración, ni siquiera parpadeó. No se esperaba el galardón de mejor chef del mundo. Inesperadamente un potente foco de luz le iluminó. Se dirigió al estrado.

—Buenas tardes. Ante todo muchas gracias – balbuceó.

No tenía ningún discurso preparado, pues no esperaba ningún reconocimiento por su labor a favor de la cocina esencial. Llevaba la gastronomía tan dentro de sí, que hablar sobre ella le resultaba tan sencillo como respirar.

—Permítanme un recuerdo a mi abuela y las anécdotas que me contaba de la guerra civil y los milagros que tenía que hacer para dar de comer a mi padre, mis tías y mi abuelo. Hasta con mondos de patata preparaba comida. Me acuerdo de la historia que me contó en cierta ocasión.

Every photographer eventually takes a dead fish shot, por kevindooley

“Un día, después de un bombardeo, salí con una vecina a buscar comida. Estando en la carrera, un avión de reconocimiento nos asustó y el piloto por hacerse seguramente el gracioso y contar a sus compañeros que había asustado a dos mujeres “rojas”, empezó a disparar. Nos refugiamos en una casa semiderruida y cuando pasó el peligro empezamos a buscar comida. Tuvimos mucha suerte, porque debajo de los restos de una cama encontramos un saco que ponía HARINA. Sin pensarlo dos veces lo cogimos y lo llevamos al refugio, tocándome a mí esconderlo lo hice debajo de la cama. Pero de noche a tu abuelo le entraron ganas de orinar y al mirar debajo de la cama para buscar la bacinilla, encontró el saco.

—Mada, ¿qué es este saco?

—Nada Francisco, un saco que encontramos Mariana y yo en el antiguo cuartel del alto mando.

—Y ¿qué hay dentro?

—HARINA.

Tu abuelo encendió una vela y miró dentro del saco.

—¡¡¡¡Mada, apaga la vela inmediatamente!!!!!!

—Pero… ¿por qué?

—Porque no es HARINA sino PÓLVORA. ¿Cómo iba a dejar el alto mando HARINA?

—Hay que deshacerse del saco inmediatamente.

Así que mi abuela lo cogió y lo llevó para tirarlo al río Nora que no estaba lejos.

Al día siguiente la gente murmuraba, unos decían que si fueron los rojos otros que si los nacionales.

—¿Qué pasa? – preguntó mi abuela.

—Vete al río y lo sabrás -le contestaron.

Cuando se acercó al río supo lo que había pasado. Los peces flotaban panza arriba sin vida, estaban envenenados”.

Con esta pequeña anécdota, que todos los presentes pensarán que no viene a cuento, quiero rendir un pequeño homenaje a mi abuela y agradecer el galardón que se me otorga, el cual, dado mi amor por la cocina, y modestia aparte, espero que no sea el último.”

Fotografía Every photographer eventually takes a dead fish shot, de kevindooley. Reproducida con permiso.

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