Así lo he decidido. En estos momentos máquinas excavadoras levantan las tres capas de asfalto -negras como el primer día-, los bordillos de piedra aún aristados y las aceras apenas pisadas. La última calle construida que no llegó a utilizarse. Retrasé su destrucción cuando el habitante más viejo de la ciudad me pidió una oportunidad. La convertí en museo temático siguiendo su propuesta y comprobé que sólo él la visitaba. Leía la prensa en los bancos, uno de cada vez para intentar gastarlos un poco, creo, y paseaba arriba y abajo arrastrando sus botas pretendiendo dar un aspecto envejecido al alquitrán, supongo. En una ocasión los vigilantes le pillaron rompiendo la lámpara de una farola con un tubo elaborado a base de hojas de periódico, pues las piedras estaban fijadas al suelo por precaución. Recibió una amonestación y le prohibimos acceder durante una semana. Se comportó, quizás disimuló, o aguantó su terca resolución durante un mes más o menos, el tiempo que necesitó para confeccionar banderitas de papel y un juego de bombillas de colores que tendió entre las ramas de los árboles en un santiamén. A continuación depositó un radiocasete en el suelo con el sonido a todo volumen y se puso a bailar pasodobles, rumbas y cha-cha-chás. Nuestro personal de seguridad llegó tarde, el anciano murió dando un giro brusco con el “Arrabal amargo” de Gardel.
Han pasado dos años. El aparato ha sido triturado, pero la música de la fiesta de la última calle subsiste en esta urbe etérea y se difunde entre los edificios sugiriendo sueños a los habitantes e incitándolos a convertirse en vecinos.
Quizás pulverizando estos restos arqueológicos…
César Fernández
