Editorial

Featured

Un lector me recuerda a un cronopio cuando va de viaje. Los cronopios, como los lectores, viajan sin hoteles ni taxis ni reservas, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: “La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad”, y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Es este viaje alucinante y enloquecido,  hermoso y sorprendente,  que se hace sin prisa ni raíles ni equipaje (o con todo el equipaje del mundo) y que te llena de conocimientos y de pensamientos voladores. Este viaje-lectura también tiene algo de prestidigitador, porque cultiva el asombroso arte de la teletransportación. Así, leyendo a Paul Theroux podemos afirmar sin que nos tiemble el pulso que hemos atravesado en tren América Latina sudando la gota gorda por el camino, que hemos  entrado en las chozas de África con  Kapuscinski  (el mismo horror en sus ojos que en nuestros ojos porque eran los mismos) y que hemos temido a los tigres de la India junto a Kilping. Cuando visitamos Praga o Nueva York después de leer a Kundera y a Auster, tenemos la sensación de que realmente ya hemos estado allí, que esas ciudades están sumidas en nuestros recuerdos como si fueran lugares que conocimos en nuestra infancia y a los que ahora retornamos para conocerlos de forma más precisa. Porque nosotros ya hemos estado allí.  De la misma forma que muchas personas pueden describir con pelos y señales a qué huele exactamente Macondo; y no me refiero a citar de memoria las palabras que García Márquez empleó para detallar este olor (si es que empleó alguna)  sino a cómo les huele a ellos. Conocen este olor como conocen el tufo de los autobuses a hora punta o la mezcla de palomitas y moqueta en los cines. Lo conocen porque han estado allí.

Los libros son pues un viaje dentro de otro viaje que nos descubren no sólo el laberinto de Londres o el ensordecedor barullo del mercado de Fez, sino también  lo que siente un soldado asustado ante la batalla o lo que habita dentro del corazón de una mujer rusa. Muchas veces he pensado que una de las mejores imágenes para explicar qué es la literatura es el aurin, el símbolo que Michael Ende creó para ‘La historia interminable’, un medallón con dos serpientes enroscadas que se muerden la cola. Si vas deshaciendo sus nudos, si las desenrollas, descubres que esas serpientes forman un círculo.  Porque si Orson Welles decía que toda gran historia, en el fondo, siempre era una historia de amor, tengo el convencimiento de que las grandes historias siempre son circulares. Algo que se abre y se cierra, que se llena de nudos y peripecias, y la mayoría de las veces termina en el mismo punto de partida. Porque la historia de la literatura es la historia de un regreso, de un viaje que comienza y acaba. Una historia es un boomerang que se tira al aire y que cuando vuelve a tu mano te cuenta todo lo que ha visto en el trayecto. La aventura de Ulises fue buscar el camino de vuelta a casa, don Quijote se fue a morir a su cama después de haber luchado con gigantes, la Regenta termina desmayada en el suelo de la misma catedral donde la conocimos: todos ellos regresaron y ninguno era el mismo. Kirmen Uribe lo describe magistralmente en su libro sin necesidad si quiera de empezar a leerlo: ‘Bilbao-Nueva York- Bilbao’. En este título, en este itinerario reducido, nos muestra Uribe todo su aprendizaje: cómo volando al otro lado del mundo volvió a su casa para entenderla.

Pero a veces justamente la historia se cierra sabiendo que ya jamás se puede regresar, que no hay forma posible de volver al punto de partida, porque éste ha quedado enterrado como un alfiler en la nieve.  El protagonista de ‘El Túnel’ de Sabato nos narra desde la cárcel su descenso a la obsesión y a la locura y cómo tuvo que asesinar a la mujer que amaba porque la vida ya no podría ser la misma si ella seguía existiendo lejos de él. Al igual que el fuego por Lolita trasformó para siempre a Humbert Humbert, el corazón del continente africano a Kurtz o Moby Dick al capitán Ahab. Todos comenzaron siendo muy distintos. El viaje sin retorno, el imposible regreso, es otra forma de cerrar el círculo. Si un personaje termina siendo exactamente el mismo que empezó, entonces eso no es un libro sino un listín telefónico.

Aunque quienes protagonizan el mayor regreso de la historia de la  literatura no son otros que los propios lectores. Volviendo a Michael Ende (¿ven? Incluso en menos de mil palabras también se acaba regresando), un lector siempre es como Bastian Baltasar Bux, ese niño que cuando termina de leer ‘La historia Interminable’ continúa en el desván de su colegio, en el mismo día de lluvia y en el mismo lugar en el que empezó a leerlo; sin embargo, ha estado en Fantasía. Así viajamos los que leemos: al cerrar el libro continuamos en nuestra vida, en el salón de casa, con la misma ropa, los mismos cuadros en la pared, las mismas manchas en la alfombra; pero una pequeña parte de nosotros ya no es la misma. Ya no es la misma porque ahora tenemos más. Nunca se regresa de leer con las manos vacías.

Así regresa ‘El taller de las palabras’. Y regresa viajando.

Leticia Sánchez Ruiz

Escritora y periodista ovetense,

ganadora del IX Premio Internacional de Novela

Emilio Alarcos Llorach por “Los Libros Luciérnaga”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viajar

Y de pronto allí estaba, como una explosión de azul, de aquel glorioso azul con el que había tejido sus sueños durante los tres últimos meses.

A su lado Laura dormía. Ella no podía, el ambiente de aquel autobús la subyugaba con un marco perfecto a la bella Cádiz, toda luz, que ya se acercaba. Detrás el japonés con la misma sonrisa calma que les había ofrecido al llegar… El conductor con sus gafas Ray-Ban “penúltimo modelo”, una parodia de sí mismo y aquel programa de radio con música de un tiempo que sin duda ya había pasado.

¡Lo habían logrado! Al conjuro de una palabra se embarcaron en aquella locura y allí estaban.

Fue una de esas tardes de “pizzería”; salían de la biblioteca y decían toda clase de tonterías para olvidar por un momento los cercanos exámenes. El periódico anunciaba la próxima inauguración de la ruta de la plata Gijón-Sevilla. Siempre habían soñado con el sur y aquella era sin duda la ocasión.

Días más tarde ya se habían puesto en contacto con turismo en Sevilla y en Cádiz y esperaban ansiosas alguna respuesta. No se hizo esperar: ambas oficinas de turismo les enviaron información sobre hoteles, transportes, y toda clase de cosas que estudiaban a ratos sueltos, no muy seguras aún de si finalmente aquello sería algo más que una forma de relajar las horas de estudio.

Partieron al anochecer, uno de esos días de julio en que el Norte se empeña en vestirse de otoño. Trece horas de viaje con dos paradas en ninguna parte. Amanecía cuando entraron en Sevilla. La ciudad silenciosa, a aquellas horas, ofrecía su mejor cara antes de que el calor lo cubriera todo.

Fueron directas a la pensión, que resultó ser un lugar encantador. Su habitación recientemente renovada ofrecía una espléndida vista sobre los tejados de la ciudad del Guadalquivir. Además, al estar en la última planta, alejada de todo, les hacía sentir como princesas en su torreón. ¡No podían creer la suerte que estaban teniendo! A toda prisa se cambiaron de ropa y salieron a la calle.

En el barrio de Santa Cruz, sus estrechas callejuelas eran tal y como las habían imaginado: llenas de pequeñas tiendas con coloristas souvenirs…  la plaza de España, la Torre del Oro… y así uno tras otro todos los tópicos.

Horas después el cansancio las llevó a una pequeña tasca donde entre risas se quejaron del calor y se burlaron de sus amigas, que seguramente estarían bajo el gris cielo norteño.

Lo siguiente la Giralda; subieron sin importarles que fueran las tres de la tarde. Más tarde “ellos” se reirían incrédulos al contarles su pequeña y loca hazaña.

Mientras tanto, solas allí arriba, casi sin aliento y completamente deshidratadas, se enamoraron irremediablemente y para siempre de aquella ciudad.

El sol se estaba poniendo cuando regresaron a su “torreón”. Había sido un día increíble,  asfixiante pero luminoso, agotador pero maravilloso. Descansaron un rato mientras comentaban cada detalle y decidían qué ropa ponerse para su primera noche.

Fueron a Triana. ¡Nada podía prepararlas para aquello! En medio del Guadalquivir una enorme barcaza llena de bailarinas con vistosos vestidos flamencos de todos los colores. La música inundaba las laderas del río y casi se podía respirar su alegría. Tan alegres como el ambiente buscaron un lugar para cenar mientras callejeaban. El  barrio estaba de fiesta, las calles abarrotadas… por eso no les habían visto hasta que les hablaron. Si acaso, un atisbo de dos hombres y siguieron caminando. No hablarían con ellos hasta la siguiente noche.

Cuando ya no podían más se retiraron embriagadas de noche y de sur…

Era su último día en Sevilla y tenían que apurar cada segundo. La ciudad las empezaba a tratar como a viejas amigas y parecía enseñarles esos rincones que reserva a los suyos.

Cenaron en el mismo sitio. Tal vez ellas también les buscaban; en cualquier caso, allí estaban, justo delante de la puerta en su ya sexta vuelta como después les confesaron.

Ella pensó que parecían agradables. ¡Tan diferentes! Él moreno y desgarbado, no muy alto con aquel aire que la enternecía no sabía por qué. Las llevaron a “todas partes”, a la otra Sevilla fuera de tópicos, a la que habían ido a conocer. Ellos se la presentaron. Con historias y anécdotas, de lugar en lugar mientras la noche avanzaba. Ya casi amanecía cuando tomaron la última copa, hablaban y hablaban, parecían haber hablado desde siempre.

Las llevaron al autobús. Él le dijo “lastima que el final no sea en una estación de tren”. (El japonés sonreía). En realidad sólo era el principio…

Cruz A. González

 

Un tren nada más

El recuerdo de los paisajes contemplados a través de la ventana del vagón del tren, hizo que su mente se olvidara por unos instantes del motivo que le había hecho llegar hasta allí. Como siempre el tren tenía un efecto balsámico sobre el estado de ánimo de Luis, el lento caminar de esas locomotoras diesel que aún conectaban su Asturias natal, con el resto del país, le resultaba muy tranquilizador. Y eso era precisamente lo que necesitaba hoy. Aunque el ritmo del Alvia ya no era el mismo que el de las antiguas máquinas que recordaba de su niñez, el viaje conseguía hacerle sentir igual de bien que entonces.

La salida de Asturias, como siempre, se hacía muy larga caminando hacia el sur, recreándose en el verde de sus montes que, a medida que se acercaban a la cordillera, iban aumentando de tamaño llegando a mostrarse en toda su majestuosidad justo después de abandonar la estación de Pola de Lena. A partir de ahí el color iba cambiando hacía el gris de la piedra, entreverado con marrones de algunos campos roturados y el verde de la hierba y los arbustos que seguían creciendo desafiando a las alturas.

Esa era la parte del trayecto que más le gustaba, el asenso por aquellas cumbres escarpadas hacía que las mirara con verdadera devoción, reconociéndoles su valor cómo muralla defensora ante los ataques de todos aquellos invasores, que un día osaron apropiarse de sus riquezas y sus paisajes. Ese ataque de nostalgia regionalista había aparecido por primera vez al escuchar las andanzas del Rey Pelayo, símbolo de su Asturias querida y uno de los protagonistas de sus sueños infantiles, cuando deseaba convertirse en un héroe salvador, cómo los de los cuentos que con tanta fruición leía.

Luego venía el contraste con las tierras castellanas, llanas y lisas hasta donde la vista alcanzaba a ver, salpicadas de algún que otro montículo que únicamente servía para incrementar la sensación de distancia que separaba el inicio de aquella llanura, del final que se perdía en el horizonte. El cambio de color cuando arreciaba el verano, los olores, tan distintos a los de Asturias y aquellos campamentos de verano de los que tan buenos recuerdos guardaba.

Hacía más de ocho horas que había tomado el tren en Oviedo. Después de tomar en Atocha el que le llevara a Toledo, había cogido un taxi en la estación para que lo acercara hasta el parador de esa ciudad. En la parte de atrás de la cafetería se encontraba su terraza, cuatro mesas con cuatro sillas cada una de las que dos estaban vacías. Se había sentado en la mesa que había a la derecha de la puerta de salida, justo en la esquina de la terraza. Desde allí se veía uno de los cuadros naturales que más le gustaban, la ciudad de Toledo, con el Alcazar levantándose majestuoso en medio de todos los edificios y justo abrazándola como si de una serpiente se tratara, el río Tajo. Hacía años que había tenido el placer de descubrir aquella vista de la cuidad y hoy tenía ganas de volver a disfrutar de ella.

Pidió un café con leche y esperó a que el camarero se lo trajera contemplando el tranquilo discurrir del río en busca de su destino. Del bolsillo interior de su americana extrajo la carta que le había llegado una semana atrás.

Estimado Sr. López:

Una vez analizados los resultados del último escáner que le hemos realizado, nos vemos en la obligación de comunicarle que las medidas tomadas para paralizar el avance de su enfermedad han sido inútiles. El tumor ha resultado de una agresividad tal, que no hemos podido contener su desarrollo, por lo que la metástasis ha alcanzado a órganos vitales en los que no podemos intervenir.

Tal y como le hemos comentado en su última revisión, queda abierta la posibilidad de internarle en una clínica de nuestra ciudad en la que podrá obtener los cuidados necesarios para paliar los efectos de la última etapa de su enfermedad.

Fdo.
El Director del servicio de oncología.

Qué curioso, tal parecía que estaban hablando de un simple resfriado. Y sin embargo el tono distante de aquella misiva le traía sin cuidado, estaba contemplando uno de los paisajes más bonitos que podría recordar.

En esos pensamientos se hallaba distraído, cuando su corazón se paró víctima de la pastilla que se acababa de tomar. Un regalo de su amigo Manuel, cardiólogo en el hospital de Oviedo y el único que se había preocupado por ayudarle en su último viaje, éste que acababa de terminar.

Vampiros y pelirrojas

Tendemos a creer que siempre estamos avanzando, que el transcurrir de los años, por sí solo, moderniza; que el mundo está en una constante evolución y no existe el retroceso. Así, todo tiempo pasado fue peor, más restrictivo, menos moderno, y alabamos la cantidad de oportunidades que se tiene en la actualidad.

Cualquier vistazo superficial a la historia nos dirá que es una tendencia de pensamiento errónea; citando a la escritora Rosa Montero, “en el caso de la mujer solemos pensar que se ha ido poco a poco conquistando la igualdad hasta llegar al máximo de hoy, lo cual no es del todo cierto. Porque la situación de la mujer occidental parece ser hoy mejor que nunca, pero el trayecto no ha sido lineal: ha habido momentos de mayor libertad, seguidos por épocas de reacción”.

 

 

Habiendo más mujeres asesinadas por su pareja este año que el anterior, viviendo en una sociedad en la que la mujer gana un 20% menos que el hombre, al menos pondremos en entredicho que de verdad estemos mejorando. Se han creado Unidades de Igualdad en todos los Ministerios para que, cada Ley que quiera ser aprobada, pase antes por el tamiz de una lectura femenina, por si se hubiera quedado algo en el tintero o nuevas posibilidades no estuvieran contempladas (al fin y al cabo, la gran mayoría de leyes siguen siendo pensadas desde una perspectiva masculina); y existen innumerables asociaciones feministas que intentan prohibir publicidades por considerarlas ofensivas.

Sin llegar a querer prohibir (puesto que es otra forma de censura), sí me gustaría intentar probar para que cualquiera decida, que en cuanto a lecturas juveniles no hemos avanzado en absoluto.

Me he dedicado a comparar 2 fenómenos literarios de épocas diferentes. Por un lado se trataría de la serie de libros de “Ana de las Tejas verdes”. Escrito por la canadiense Lucy Maud Montgomery en 1908, alcanzaría tal éxito que se convirtió en una serie emitida por la televisión canadiense que a día de hoy sigue creando secuelas y consiguiendo grandes audiencias al emitirse por la televisión por cable.

La otra, por supuesto, es la saga Crepúsculo, que teniendo en cuenta el bombardeo mediático a que nos somete, no necesita más presentación.

Anne Shirley es la protagonista de la primera. Se trata de una huérfana que llega a la vida de Marilla y Matthew, dos hermanos solterones que viven en la ficticia población de Avonlea. Ellos preferían un chico pero acaban encandilados con la pobre Ana.

A lo largo de los libros, veremos cómo Ana crece, va a la gran ciudad para estudiar, de ahí a la Universidad, y acaba casándose con su gran amor de la infancia (bueno, no “acaba” porque después del matrimonio sigue protagonizando aventuras). Pero el libro primero se centra en la llegada de Ana al pueblo, en la relación que establece ésta con las chicas y, por supuesto, con su compañero de estudios Gilbert, el guapo del pueblo y alumno más aventajado de la clase, el chico que el primer día se burla de su pelirrojo pelo y al que, por eso, retirará la palabra durante años.

Por su parte, Bella es una chica que acaba de llegar a la noerteamericana localidad de Forks para vivir con su padre (divorciado). Bella (que, como Ana, llega a una población en la que no conoce a nadie) parece hastiada de todo, no habla, no tiene demasiado interés en lo que la rodea, y sólo se despierta su interés un compañero de estudios, Edward, extraordinariamente bello.

Edward resultará ser un vampiro y de ahí derivará toda la argumentación. Pero lo que llama clamorosamente la atención es que Edward es inteligentísimo. Edward, por tanto, es guapo y además, (gracias a su condición de vampiro, suponemos) es fuerte, hábil, inteligente. Bella es descrita como torpe y debilucha (sin dejarnos claro porqué una chica sana de 16 años ha de ser así) y Edward siente un deseo irrefrenable por ella, por protegerla. Así, es capaz de matar si alguien se mete con ella (una parábola de los celos terrorífica), y eso es visto por Bella como una muestra de amor.

Por el lado de Ana, leeremos que durante años Gilbert intentará conseguir su perdón pero ella se dedicará a lo suyo (a estudiar y conservar la buena relación con sus amigas, por cierto), hasta que ya en la adolescencia y juventud mantendrá una buena amistad con él. Amistad que le obliga a él a contener su amor a raya; ella siempre con la sartén por el mango, siempre soñadora y activa, siempre apasionada, pero en un primer plano frente a él. No es hasta finalizar sus estudios, hasta haber vivido un romance con otro hombre, hasta haber trabajado fuera de casa, hasta ver que todas sus amigas se casan y  haber explotado esa amistad al máximo, no es hasta entonces, digo, que Ana le responde a Gilbert con un “sí”. El “sí” de Ana tiene significación en tanto que es sincera, que lo ofrece segura de sí misma y de sus posibilidades, después de haberse creado una personalidad ella misma. Es también digno de atención que lo que atraiga de Ana a los hombres sea precisamente esa personalidad, esa libertad y esa inteligencia.

Mientras tanto, nuestra actual Bella se enamora de un vampiro. El hecho de estar con él a ella le pone en peligro, pero eso no le impide a Edward continuar, puesto que él desea estar con ella, y parece que es lo único que importa. A su vez, ella se enfrenta a su posible muerte de un modo cáustico, diciendo cosas como “morir por alguien a quien se ama es una buena forma de acabar, incluso noble. Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión”.

Stephenie Meyer, la escritora de la saga Crepúsculo, es una ama de casa licenciada en literatura que un día se decidió a escribir para salir de la monotonía y consiguió uno de los mayores best-seller de esta década. Es muy probable que Stephenie sea feminista, que esté educando a sus hijas en la creencia de que se lo merecen todo, y posiblemente reaccionaría espantada ante cualquier muestra de violencia hacia ellas. Pero eso es lo que más asusta de todo esto: el machismo que subliminalmente llevan muchas mujeres consigo, como si nunca pudiéramos bajar la guardia, puesto que nuestro “yo” más profundo, en lugar de percatarse y saltar al momento ante cualquier desigualdad, tiende al pensamiento masculino. De algún modo, tantos siglos de perspectiva masculina han ahondado en nosotras y han trocado nuestro punto de vista. Tardamos en darnos cuenta de las desigualdades. “Crepúsculo” es un best-seller y pocas personas han visto en él las afrentas que cuento. Es más, yo no las he visto por mí misma, sino que fue en un seminario de Igualdad y Violencia de Género en el que lo deconstruimos y valoramos lo reaccionario que éste era realmente.

Hemos de acudir a una lectura infantil de principios del siglo pasado para que nos lleguen nuevos aires, nuevos ejemplos. Para que la heroína de nuestros hijos sea una chica que antepone los estudios y a sus amigas ante el hecho de tener novio; una chica activa, devoradora de libros, que no critica a otras amigas y que no es especialmente bella. 100 años, digo. Tiene razón Rosa Montero: el trayecto del feminismo nunca es lineal.

 

 

 

 

 

Sin un roce de olvido

Viajar le ha hecho avivar la llama de aventura que lleva dentro y se considera un auténtico trotamundos, siempre ansioso de conocer nuevas culturas y tradiciones. Le atrae especialmente el misterioso encanto que oculta cada ciudad tras sus muros, y los cielos, las costumbres, incluso los olores diferentes de cada país. En alguno de sus viajes, más de una vez se encontró con personajes peculiares, por sus habilidades y distintas facetas artísticas. Eso le obligaba a mirarles con un respeto nuevo. Hace poco tiempo en la ciudad de París, precisamente, conoció a un pintor extraordinario que escribía poemas sobre sus lienzos. Su recuerdo le hizo sonreír. Estaba convencido de que si el mismo Rembrandt tuviera ocasión de supervisar aquellos trabajos, se inclinaría ante él. Eran auténticas obras de arte.

Ese mismo día, al volver hacia el hotel se sintió embargado por una satisfacción vehemente que necesitaba compartir, pero estaba solo. Ya oscurecía y le sonrió a la noche que llegaba. Siempre sonríe, de su agradable rostro jamás se ausenta el gesto amable de la sonrisa, aunque de vez en cuando tampoco resulta extraño percibir en su mirada una cálida chispa de socarronería. Sonríe al aire, a la esperanza, a la vida. Procura disfrutar cada minuto de la existencia y guarda sus vivencias como verdaderos tesoros, pero cuando necesita compartir sus inquietudes y la soledad persistente no le da otra alternativa, lanza un suspiro de resignación y comienza un largo soliloquio encabezado por su grito de guerra favorito ¡Viajar es el mejor alimento del cerebro!

Claro que no siempre fue agradable el camino. También conoció paisajes y situaciones que le dejaron marcado. Ninguna explicación aceptable conseguirá trasmitir fielmente su experiencia. Está convencido de que nada de lo que haga, diga, o se calle, podrá hacer más claras las sombras sucesivas que cubrieron el cielo de algunos de sus viajes. Paseó por las dunas del hambre y conoció a niños muriéndose de inanición, y a otros a los que una simple mosquitera podría salvarles la vida, pero desgraciadamente habitan en un mundo donde nadie quiere ver nada, es más fácil mirar hacia otro lado y si por un casual alguien ve lo que está ocurriendo, procura olvidarlo. Esa realidad monstruosa le enseñó a recibir con precaución cualquier leve signo de esperanza que intentara exhibirse ante él. Aún así nada le detiene y su afán explorador le sigue guiando por tierras caóticas, de gobiernos inestables, y en muchas ocasiones, incluso sanguinarios, donde queda impresionado y sobrecogido por la dimensión de tanto horror. El cansancio físico y mental le están aconsejando concluir el viaje y al final él mismo se convence. Necesita sustituir su inquietud por una tranquilizante sensación de recato doméstico.

Vuelve a casa intuyendo que los años también le están limitando, aunque él no se resigna. Asegura que piensa llegar hasta el final de su vida manteniendo su afán de aventura, no le importa tener que sucumbir ante un paisaje evocador para conseguirlo, cualquier cosa sirve con tal de no renunciar a sus inquietudes. Así que, un agradable día de verano, decide abrir las ventanas de su memoria y comenzar una aventura sin planificar, huyendo de preparativos previos y despojándose de maletas y pasaportes, para retornar a su niñez. El deseo avivado de viajar le sumerge en el mapa de su vida, trasladándole hacia sus primeros recuerdos, en los que el simple color del paisaje le conmueve. Aunque en un principio todo era impreciso, poco a poco comenzó a despejarse y fue capaz de intuir las voces más familiares de su niñez, mezclándose con el intenso olor a hierba que flotaba en el aire. Con los ojos cerrados siguió escrutando su pasado, la distancia en el tiempo intentaba difuminar los colores de sus recuerdos, pero su obstinación era más persistente y ganó la batalla. Allí estaba su abuela, con un delantal enharinado, consecuencia de haber estado amasando para hacerle el delicioso pan que a él tanto le gustaba. En el patio, un horno de leña ardiendo crepitaba preparándose para cocer aquel manjar y, hechizado por el intenso recuerdo, incluso fue capaz de notar en su boca el sabor exquisito del pan recién hecho.

De repente, como si un surtidor de agua explotase a sus pies, fue capaz de escuchar con clara nitidez, las voces de sus padres, sus hermanos, y sus abuelos. Distinguió a la perfección timbre, tono y matiz de cada uno, y se sintió feliz al comprender que su cerebro las había conservado intactas sin permitir que las rozase ni una sola gota de olvido. Su niñez había sido perfecta y el recuerdo le estaba mostrando cada una de las lecciones que había recibido para construir las bases de su propia generosidad.

Al final, piensa henchido de satisfacción, que no es, ni mucho menos, un logro menor, que el viaje más importante que haya realizado en todos estos años, haya sido sobre el andén de su propia vida.

Una palabra tuya

Autora: Elvira Lindo, 2005.  Editorial: Seix Barral. 15 euros,  250 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay escritores que se manejan en géneros determinados. Otros, son buenos en un mismo argumento o temática. Unos pocos, eclécticos, brillan en todos los cambios de su obra. Y hay algunos, como Elvira Lindo, que encuentran su verdadera identidad al escribir una obra en primera persona.

Elvira Lindo se hizo famosa como escritora infantil con la serie de libros de Manolito Gafotas, alcanzando éste tanto parangón como la Celia de Elena Fortún, el Guillermo de Richmal Chrompton o el Nicolás de Sempé. Manolito Gafotas combina aventuras infantiles con un sentido del humor sardónico que valoraban los adultos (de ahí el éxito de ventas), pero en lo que alcanzaba cotas más altas era en los incontestables monólogos del protagonista, capaz de enlazar un tema con cualquier otro sin ninguna relación, en una continua digresión de la palabra que acababa enumerando tesis universales y de actualidad, como si de una columna en un periódico se tratase (no olvidemos que Elvira Lindo es periodista y recibe cartas diarias con asuntos que tocan todos los palos; es especialista en encontrar excusas para hablar, digamos, de cualquier cosa).

Después vendrían los libros “adultos” (El otro barrio, Algo más inesperado que la muerte), más notables de lo esperado y con esa tendencia a  derivar un argumento en otro, a apartarse del principal, a volver un poco loco al lector aunque, en sí, no importase demasiado. Al fin y al cabo, es una escritora capaz de ser entretenida con cualquier cosa. Pero aún así, parecía que faltaba algo. Credibilidad, quizás. Calor. Estaban escritos en tercera persona.

En “Una palabra tuya” Elvira lindo vuelve al “yo”. Rosario, la protagonista, en un monólogo desordenado que parece no llevar a ninguna parte, arrancando en cualquier momento de su vida, pone en antecedentes al espectador, de un modo subjetivo (por supuesto; el “yo” sólo narra desde un punto de vista y habrá que hilar fino para dar otros a conocer), de un modo pesimista pero repleto de humor, de lo miserable que es su vida, en la que no hay ninguna desgracia excesivamente más tangible que otra pero con un tufo a desesperanza y fracaso que huele a realidad.

Rosario, como digo, es subjetiva, además de terriblemente negativa y destructiva: culpa a la sociedad de su mala suerte o de su trayectoria vital (es barrendera; su madre tiene senilidad y se ve obligada a cuidarla ella puesto que su hermana, casada y con niños, está más ocupada; su padre las abandonó cuando eran pequeñas), sin ninguna capacidad de autocrítica para sí misma pero una dureza extrema para los demás, sobre todo para su mejor amiga, Milagros, una de esas amistades impuestas por la vida, no electas, un poco pesadas, algo avergonzantes pero con una capacidad para quererla a una que consiguen precisamente eso, que nunca se les pueda abandonar.

Rosario es, como digo, un personaje duro, pero a la vez sensible e inteligente, y en esas características de su personalidad está su desgracia, puesto que se percata y critica el mundo que le rodea y dentro de él, las personas que de algún modo sí están por debajo de ella en cuanto a educación, la hipocresía de una sociedad que desde luego no la ha cuidado. Pero también es incapaz de reflexionar más allá, de intentar salir de una situación que la angustia. Rosario es de esos personajes (esas personas) que sólo critican y se hunden, que no hacen el menor esfuerzo en nadar y salvarse, y desde luego mucho menos salvar a otros. Es sensible, sí, pero egoísta.

Es un personaje humano.

En ese diálogo que mantiene Rosario con el lector, con nosotros, en ese desorden que poco a poco se va colocando, donde Elvira Lindo hila más fino que nadie, y crea hilo argumental y finales donde parecía que no los había, y ordena y capitula y ata y cierra donde creíamos que reinaba sólo la casualidad, en ese diálogo, digo, encontraremos una historia durísima, desgarradora, terrible. Una desolación absoluta. Y es bien difícil conseguir eso en 130 páginas de diálogos y pensamientos descacharrantes.  Aunque al final se intuye la tragedia (pero muy, muy al final), uno, como lector, se queda sorprendido. De haber leído algo tan triste riéndote. De haber estado con una sonrisa en casi cada una de las páginas, para cerrar la novela pensando que es de las historias más tristes con las que te has encontrado. Ahí reside el encanto de Elvira Lindo. En su “yo” alcanza la victoria.

 

 

El viaje

Hace unos días decidí que debía darme un descanso de conocidos. Me pregunté cómo sería posible pasar unos días sin tener que ver ni oír a personas cotidianas. Me senté ante una mesa cogí un lápiz y un cuaderno y comencé a hacer la lista de lo que debería y no debería hacer para conseguir eso. Dividí la hoja de papel en dos partes, en una escribí un SÍ y en la otra un NO y me puse a la tarea.

Al principio todo fue fácil, en el SÍ escribí: cuaderno, lápiz, rotulador, bolígrafo, cargador del teléfono móvil, pendrive, radio, champú, crema solar, botas de trekking, calcetines de algodón, ordenador portátil, maquinillas de afeitar, diccionario, cámara de fotos, tarjetas de memoria, cargador de batería de la cámara y batería de repuesto, polainas para caminar por el monte, bastones de marcha y bastón de monte, botiquín de urgencia: cafinitrina, analgésicos, preservativos, antihistamínicos, barrita para picaduras de mosquitos, crema protectora solar, crema hidratante, afftersun, champú, gel de ducha, pastilla de jabón, medicinas del tratamiento crónico, lágrimas artificiales, laxante, astringente, urbasón, espuma de afeitar, somníferos, frutos secos, barritas energéticas, calzoncillos, unas camisetas, camisas, sombrero, gorra, paraguas, chubasquero, pantalón, zapatos, chanclas, zapatillas.

Miro de reojo la parte de la hoja que pone NO y la veo completamente vacía. ¡Madre mía! Si no he sido capaz de quitar nada de las cosas que uso.

¿Qué hago? Bueno lo primero es echar una ojeada al trastero y ver qué maletas tengo, porque con las cosas que voy a llevar me parece que no tengo ninguna que quepa todo. Cierto. No hay nada capaz de cargar con todo lo de la lista. ¿Qué hago? Si dejo cosas las necesitaré más tarde. Eso siempre me pasa. Si llevo todo la mitad de las cosas no las usaré, pero sé que están a mano, en su bolsa. Así que fijo que me llevo todo. ¿Pero dónde lo meto?

Miraré en qué súper hay rebajas y me acerco a comprar una maleta. No, mejor al chino. Total para una maleta, siempre saldrá más barato. Aunque no sé, a lo mejor es de peor calidad. Y si luego se rompe. Jo, me acuerdo de aquella que llevé a Canarias y se rompió en el avión y cuando reclamé me dijeron que la garantía cubría todo menos los viajes a las Islas. ¡Vaya si se rieron de mí! Supongo que todavía se carcajearán cuando se acuerden.

Bueno eso ya es historia. Ahora a comprar una maleta y a llenarla. Eso sí, esta vez pillo la más barata y que se vea a mil leguas; la más chillona y fea que haya para que no se despiste. Pero dudo que haya del tamaño que necesito. En otros chinos sí que he visto maletas enormes, inmensas, como si las hubieran fabricado para transportar personas dentro, pero aquí no recuerdo que las haya tan grandes. Será cuestión de mirar. Seguro que la encuentro, bueno si no es para guardar mayores a lo mejor la encuentro para meter pequeños. Pero comprar vaya si la compro. ¡No voy a estar yo sin una maleta!

Ahora a la calle, ya acabaré luego la lista. Pero a dónde voy si seguro que ya están todas las tiendas cerradas. No voy a ir a ciegas y volverme loco dando vueltas y más vueltas por todos lados. Si voy en coche me arriesgo a meterme en un atasco pero en el bus no me dejarán entrar con la maleta grande. No sé. ¿Qué hago?

Y después, cuando vuelva a casa con la maleta grande tengo que llenarla con todas las cosas que he escrito en la hoja que puse “SI”, claro pero para meter todo en la maleta antes tengo que ordenarlo y algunas cosas meterlos en bolsas. ¡Ah, el neceser que no se me olvide! Que luego acabo con mil muestras de esas que hay en los baños de los hoteles y no tengo sitio para guardarlas.

Ya está antes de ir a comprar la maleta voy a ordenar y numerar la lista “SI”. Cuando acabe con ella haré lo mismo con la lista “NO”.

Bueno, antes me prepararé algo para merendar, estas cosas se alargan y es mejor con el estómago lleno. Ala, a preparar unas tostadas. Y un café. Sí, un café y así me despejo.

Da gusto merendar así, tan tranquilo. Sin obligaciones de ningún tipo. En un rato me pongo con la lista y en nada salgo a comprar la maleta.

¡Huy, qué ha pasado! Que tonto que soy, si me he echado una cabezada. Desde luego es para que me maten…

Ahora la calle y a comprar la maleta, ya haré luego la lista. Van a cerrar y me quedo sin tener donde meter el equipaje.

—¿Eh, a dónde va usted?

—Pues a la calle, al chino, a comprar una maleta. Voy a marchar de viaje y no tengo ninguna en el trastero.

—¿De viaje, de viaje? Anda suba p’árriba que ya es hora de cerrar.

—¡Cómo que suba p’arriba! Yo tengo que ir al chino, hombre, que me cierran…

—Ande, ande, que ahora va el celador con la medicación. Ya se irá de viaje otro día…

Cisne negro

Título Original: Black Swan; EEUU, 2010. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: John McLaughlin, Mark Heyman. Música: Clint Mansell. Fotografía: Matthew Libatique. Intérpretación: Natalie Portman (Nina Sayers); Mila Kunis (Lily); Barbara Hershey (Erica Sayers); Vincent Cassel (Thomas Leroy); Winona Ryder (Beth Macyntire).

Hablar a estas alturas de la interpretación de Natalie Portman serviría de poca aportación. “Black Swan” es ella, del mismo modo que no puede existir una Amelie sin el rostro de Audrey Tatou o una Escarlata con ojos diferentes a los de Vivien.

Lo curioso del caso es que una es algo escéptica en estas lides y considera que interpretar a personajes extremos tiene más facilidad y menos hondura que a los, digamos, ”normales”.

 

Quizás por esto la interpretación de Portman sobrecoja tanto: la contención, la terrible represión a la que somete al personaje, los gestos concisos, el constreñimiento del rostro y sobre todo el pavor que demuestran sus ojos a lo largo de todo el largometraje sobrecogen. No me impresiona sólo la intensa delgadez a la que se sometió (que también), la técnica en el baile que adquirió, la elegancia que supo impregnar al personaje de la bailarina (que se mueven por el mundo flotando  más que caminando, con la espalda erguida, el cuello levantado y los brazos enhiestos)… todo eso no impresiona al lado de la personalidad asustadiza que crea en el personaje de Nina.

Nina es una bailarina que vive con su madre, artista retirada, a la que le ha llegado la oportunidad de su vida al ser elegida como bailarina principal para “El lago de los cisnes”, donde su interpretación del cisne negro no es del todo admirada por el director, quien llega a plantearse la opción de sustituirla por la recién llegada al ballet Lily, chica que fascina y repele a Nina por igual.

Pronto el espectador se percata que Lily es una especie de “alter ego” de Nina y que eso (además de vislumbrar la cercanía del fracaso por primera vez en su vida) es lo que la hace tambalear. El tambaleo de Nina es recogido por Anorofsky de un modo muy gráfico, visual y literal, pero es precisamente entonces cuando deja de ser original o atrevido, y se adentra por el género de la obviedad para mostrar la locura en la que cae la bailarina.

Es por eso que “Cisne Negro” acaba siendo una obra fallida: demasiado obvia, excesivamente maniquea, simplistamente visual. Intensamente bella en las escenas de baile, sí, y estremecedora en los primeros planos a Portman, pero irregular en el resto, evidente en cuanto al tratamiento de la locura, y también infantil en la relación “madre-hija” (¿cuántas veces habremos de escuchar ese diálogo entre madre posesiva e hija perfeccionista en el cine? ¿Acaso se supone que eso lo explica todo?). La sensación que da es de tenerla vista y escuchada, de tal modo que nadie se sorprende en el deseado sorprendente final.

 

 

 

Animal Kingdom

Título Original: Animal Kingdom; Australia, 2010. Dirección: David Michôd. Guión: David Michôd. Música: Antony Partos. Fotografía: Adam Arkapaw. Montaje: Luke Dolan. Intérpretación: James Frecheville (Joshua “J” Cody), Jacki Weaver (Janine “Smurf” Cody), Ben Mendelsohn (Pope), Joel Edgerton (Barry “Baz” Brown), Guy Pearce (Nathan Leckie), Luke Ford (Darren Cody), Sullivan Stapleton (Craig Cody),  Laura Wheelwright (Nicky Henry).

 

 

Tiene “Animal Kingdom” varios niveles. Por un lado, la historia que narra literalmente: Joshua Cody es un adolescente de Melbourne que al quedarse abruptamente huérfano ha de vivir con su desconocida familia materna, una caterva de delincuentes y mafiosos comandados por la dulce matriarca Janine Cody. La familia ha de sobrevivir y protegerse de los policías, y la narración discurre por una historia de venganzas, ojo por ojo, suspense y violencia al modo del trhiller más básico  y simple que puedan despachar en cualquier televisor por cable.

Por otro, diserta sobre la lealtad familiar, tema que curiosamente suele repetirse en los largometrajes de la mafia (véase “La noche es nuestra” de James Gray, o la ya clásica “Uno de los nuestros” de Scorssesse).

A un estadio superior alcanzaría la cuestión de la capacidad de elección del individuo, aún en las más difíciles posiciones: Joshua (como bien le dice el ambiguo policía que interpreta Guy Pierce) ha de elegir qué bando ocupar. En una estupenda parábola ya anunciada en los títulos de crédito con la imagen de un león se resume toda la motivación de la película: la acción, el tomar el mando, es lo que otorga control a la propia existencia. Todos ellos (los policías, los delincuentes) viven en un terror constante a ser descubiertos (unos) o ser ajusticiados (otros), precisamente por haber perdido el control de sus propias vidas. Sólo el policía Nathan Leckie y la matriarca interpretada genialmente por Jackie Weaver lo ostentan, cada uno en el lado de la legalidad que ha elegido vivir. Joshua, adolescente, menor, sin autonomía real ni emotiva, posible víctima del destino,  tomará una decisión que le lleve por uno de esos dos caminos.

Tildada de Ópera Prima, creo que ese adjetivo se le queda pequeño. “Animal Kingdom” no es asombrosamente grande por la no esperable capacidad del novel autor: es increíble y profunda por sí sola. Oscura, imperturbable, descarnada, la más de las veces fría, pero sorprendente en su última media hora final, en la que la maldad del ser humano, la inevitabilidad de la tragedia y la agresiva lucha por la supervivencia obligan al espectador a encoger el corazón de puro miedo.

 

El viaje más importante

Comenzaré el viaje. El oscuro sendero que no tiene retorno. La tristeza suspendía en las sombras anestesia mi ser. Observo tras los cristales cargados de gotas de lluvia la tarde que gris, sigue cayendo mas oscura que en otras ocasiones. No pienso nada, solo dejo que la mirada ponga fragilidad en mis sentimientos. Miro más allá, mucho más lejos, justo entre el sueño del sol y el despertar de las estrellas; entre sueño y realidad hay una luz cegadora que me visita, es esplendorosa, llena de un crema aterciopelado que lenta invade mis ojos haciéndome ver que tras ella existe una vereda. Un camino que tengo que seguir para llegar a mi destino, pero me detengo.

El miedo entumece mis pensamientos. Me voy acercando con cierto temor. A mi derecha una catarata de enredaderas con flores lilas que asoman a un precipicio, abajo, en lo más hondo, un rojo fuego me llama. Entre escamas sin cenizas vagan culebras que al sentir mi presencia, se elevan flotando en el odio que las rodea como queriendo por momentos, coger mis huellas; abren pequeñas ventanas entre los recelos de hojarasca que van naciendo en el vacío de mi alma. Al abrirse estas puertas se muestran los tormentos de una vida, los miedos al candelabro humeante que reside en las tinieblas. Lo miro preocupado, lo mejor será que vaya por el centro de la vereda.

Una voz silenciosa me llama. En sus ecos nace el viento que se desliza con cariño en la tristeza de las hojas de los árboles. Mi piel nublada es acariciada en la extensión de la vida. Son roces conocidos. Son mensajes atados a la memoria con amor. Una sonrisa marca el clima de la pena, no cabe duda, es la hora. El alma, con pesar, abandona definitivamente el cuerpo cansado, agotado en silencios aletargados y encogida en su congoja, convierte el camino en santuario. La mirada abandona los recuerdos y la necesidad brota entonces alocada a la caza de los pétalos que en el aire adormecen los temores.

Escucho cercano al pájaro que con notas de piano dorado y alas de querubín crea música en la cascada que no tiene nacimiento y su fin, reinicia la vida.